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Hace unos días mientras leía mi correo en Gmail, encontré en el perfil de una persona una frase que decía así: “Me molestan las personas que siguen la opinión de los demás y hacen caso de lo que dice la mayoría”. Esto me hizo recordar a dos personajes que tuvieron que nadar contra la corriente hace varios miles de años.
Eran quizás dos millones de personas las que vivían en el desierto, quienes recibieron la leyes de Dios y luego siguieron en busca de la Tierra prometida (Canaán). En el camino, el pueblo se rebeló contra Dios varías veces. Le hicieron la vida imposible a Moisés. Tenían hambre y sed, Dios les dio maná e hizo que brotara agua de una roca. Se quejaron, pues no comían más que pan, Dios les dio carne. No les bastaba con lo que Dios les daba, siempre querían algo más.
Al paso de varios años llegaron cerca de la tierra prometida. Moisés solicitó un representante de cada tribu (si recordamos eran 12 tribus en total), ya que Dios le había indicado que estaban cerca del lugar que Él les tenía destinado. Escogieron a líderes, gente que de alguna manera ejercía influencia sobre los demás. Los enviaron a aquel lugar, al pasar 40 días regresaron algunos de ellos con frutos del lugar. La Biblia indica que dos de ellos tenían que cargar un racimo de uvas, ya que era demasiado grande y el relato que dieron algunos de los hombres fue el siguiente: “Nosotros llegamos a la tierra a la cual nos enviaste, la que ciertamente fluye leche y miel; y este es el fruto de ella. Más el pueblo que habita aquella tierra es fuerte y las ciudades muy grandes y fortificadas; y también allí vimos a los hijos de Anac…y el amorreo habitan en el monte y el cananeo habita junto al mar y a la ribera del Jordán.” (Números 13: 27-29).
Estando tan cerca de aquel lugar, por el cual habían caminado en el desierto, anhelando durante tantos años poder llegar. Frente a los obstáculos que pensaban, eran demasiado grandes para superarlos, tuvieron dos formas diferentes de reaccionar: “Más los varones que subieron con él dijeron: No podremos subir contra aquel pueblo, porque es más fuerte que nosotros. Y hablaron mal entre los hijos de Israel de la tierra que habían conocido, diciendo: La tierra por donde pasamos para reconocerla, es tierra que mata y todo el pueblo que vimos en medio de ella son hombres de grande estatura. También vimos gigantes, hijos de Anac, raza de los gigantes y éramos nosotros a nuestro parecer como langostas y así les parecíamos a ellos” (Números 13:31-33)
Los hombres hablaban de los habitantes de aquel lugar, pues temían no poder enfrentarlos; entre ellos una persona se arremetió contra la forma de pensar de casi un pueblo entero: “Caleb hizo callar al pueblo delante de Moisés y dijo: Subamos luego y tomemos posesión de ella porque más podremos nosotros que ellos” (Números 14:30)
Luego de estos relatos el pueblo asimiló únicamente lo que dijeron los 10 de los 12 hombres que iban, todos empezaron a quejarse de Dios, de cómo era posible que los llevara hasta ese lugar donde habían gigantes y hombres que podían destruirlos en poco tiempo, algunos dijeron: “¡Ojalá muriéramos en la tierra de Egipto o en este desierto, ojalá muriéramos! Y decían unos a otros, Designemos un líder y volvámonos a Egipto” (Números 14: 1-4)
¿Se te hace conocida la situación? ¿Cuántas veces nosotros no le hemos reclamado a Dios por las cosas que tenemos? nos quejamos del trabajo en el que estamos, de los amigos que tenemos, del grupo al que servimos en la iglesia, de la pareja con quien compartimos, etc. Y nos ponemos a pensar en los obstáculos y en las situaciones difíciles por la que la vida nos hace pasar, sus sinsabores, subidas y bajadas de montaña rusa. Sin embargo, no nos detenemos a darle gracias a Dios por aquella promesa que nos hizo de no abandonarnos y proveernos. ¿Cuántas veces no le pedimos por un trabajo? y ahora que lo tenemos, nos quejamos de la gente y de la cantidad de carga que tenemos. Quizás alguna vez lloramos y le pedimos por una pareja con quien compartir y no estar solos, pero cuando la tenemos nos quejamos porque no es perfecta y nos fijamos en sus defectos, pero no nos damos cuenta de que tenemos a alguien que nos ama y acepta como somos.
En fin, nos ponemos a ver las dificultades del camino sin siquiera probar la bendición que nos lleva llegar al final de esto; de saber que la espera, la lucha y el sacrificio que hemos tenido, vale la pena al ver que la majestuosidad de Dios se revela a través de alcanzar la meta que con el tiempo podremos disfrutar.
No seamos como el pueblo del relato que a pesar de ver milagros y prodigios en el desierto, nos quejamos porque lo que vemos no parece ser lo que Dios prometió darnos, nuestra falta de confianza en Él nos desilusiona y queremos morir por no obtener aún lo que esperamos.
Pues la realidad es otra, la verdad es que lo que le pedimos a Dios usualmente viene acompañado de cosas que no nos gustan, pero que son necesarias para que maduremos y preparemos nuestra mente para ser mejores y valoremos lo que al final es para nosotros. En la vida no todo es color de rosa, pero si nos fijamos bien todo pasa para bien de los que amamos al Señor.
Al final del pasaje de Números y al ver Dios las reacciones del pueblo que no confiaba en El, así como la reacción de Caleb que se fue contra la corriente y se enfrentó a 2 millones de personas por defenderlo, Dios le dio la siguiente promesa:
“Solamente mi siervo Caleb ha tenido un espíritu diferente y me ha obedecido fielmente. Por eso a él sí lo dejaré entrar en el país que fue a explorar, y sus descendientes se establecerán allí” (Num.14:24)
No nos quejemos de lo que le hemos implorado a Dios, más bien esperemos confiados en El, ya que sin haberle dicho nada, conoce el fondo de nuestro corazón mejor que nosotros mismos y dará a nuestra vida lo que Él sabe es mejor para nosotros. No te quejes, solo confía.
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Comentarios
bendiciones por la reflexión
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